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[VIDEO] Tiempo de Cine: Mátate, amor

Por Hares Barragán

Hay películas que buscan conmover, otras que pretenden entretener y algunas, las menos, que eligen incomodar. “Mátate, amor” pertenece a esa última categoría. La cinta de Lynne Ramsay, protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson, es un golpe emocional que evita el sentimentalismo y se interna, sin pedir permiso, en los rincones más oscuros de la mente humana. El resultado es una obra que cuestiona los mitos románticos de la maternidad y expone, sin suavizar nada, la experiencia de una mujer que se derrumba en silencio.

La historia sigue a Grace y Jackson, una pareja que llega a una vieja casa rural en Montana con un objetivo tan ambicioso como frágil, él busca inspiración para escribir la Gran Novela Americana y ella intenta adaptarse a una vida nueva, más calmada, más doméstica. Pronto llega un bebé y con él, la ilusión de un comienzo distinto. Pero la película no tarda en revelar lo que realmente quiere contar, no la historia de una familia, sino la desintegración emocional de una mujer que se queda sola en medio del ruido mental, las exigencias del cuidado y la ausencia de apoyo real.

Jackson aparece y desaparece sin explicación. Grace, agotada, aislada y rebasada, comienza a agrietarse. “Mátame, amor” no trata la depresión posparto como un tema delicado o poético; la muestra en su crudeza más íntima. Ramsay retrata la maternidad como un territorio donde también caben el miedo, el rechazo, la confusión y el enojo, emociones que rara vez encuentran espacio en el cine comercial. Grace transita entre la angustia y la rabia, entre el deseo de ser buena madre y el impulso de huir de todo, incluida ella misma. Y en ese camino va dejando un rastro de destrucción que no es solamente físico, sino también emocional.

La película incomoda porque no da respiro. Y tampoco quiere darlo. La dirección apuesta por una estética que distorsiona la realidad para sumergirnos en la mente de Grace. Hay escenas nocturnas filmadas de día y corregidas digitalmente que generan un efecto extraño, casi onírico, como si el mundo estuviera siempre a destiempo. La paleta de colores contribuye a este desconcierto, oscilando entre tonos fríos y apagados que reflejan el ánimo de la protagonista. Todo en la película busca transmitir que algo no está bien, que la superficie se ve tranquila, pero por dentro todo arde.

A esto se suma el trabajo magistral de Jennifer Lawrence, que entrega una de las interpretaciones más potentes de su carrera. Su Grace no es solo una mujer triste o cansada, es un personaje lleno de matices, capaz de pasar de la vulnerabilidad absoluta al arrebato más visceral en cuestión de segundos. Lawrence domina cada gesto, cada mirada y cada silencio. Su actuación ya se perfila como una seria contendiente al Oscar, y no sería exagerado decir que está frente a uno de esos papeles que pueden definir una etapa completa de su carrera.

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Pattinson, por su parte, construye un Jackson ambiguo, distante, que parece escapar de algo que nunca se explica por completo. Su rol no es tan protagónico, pero su presencia, o la ausencia de ella, sirve como detonante del colapso emocional de Grace. La tensión entre ambos se siente incluso cuando no comparten cuadro.

El guion apuesta por una estructura no lineal que juega con saltos temporales y momentos que no siempre encajan de inmediato. Esta decisión narrativa puede confundir y hasta frustrar a ciertos espectadores, pero también es parte del propósito: acompañar la fragmentación mental de Grace y forzar al público a caminar en su misma inestabilidad. No es una historia que avance de forma clara o cómoda; es una experiencia emocional que debe vivirse más que comprenderse.

“Mátate, amor” no es para todos. Quien busque una película ligera, una historia de superación o un final reconfortante saldrá molesto o incómodo. Ramsay no ofrece respuestas, no cierra heridas y no explica del todo lo que está mal. Solo deja ver que algo muy profundo se quiebra dentro de su protagonista y que, a veces, no hay forma de evitar que esa ruptura salpique todo lo que la rodea.

Al final, la película funciona como un recordatorio de que la maternidad no es una narrativa uniforme ni un camino decorado con ternura. También puede ser un espacio de miedo, de riesgo, de fragilidad absoluta. Y en un mundo que insiste en idealizar ese rol, Ramsay tiene el valor de mostrar lo que muchas prefieren callar.

Le película desafía, incomoda, sacude y, sobre todo, permanece. Es cine que obliga a mirar de frente lo que no queremos ver, que la mente humana es un territorio complejo y que, a veces, amar también puede doler hasta rompernos.