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Columna I Retos para el 2026

Por Francisco Acosta-Martínez

Se llegó el nuevo año y, como ocurre cada enero, llegaron los discursos cargados de optimismo, los compromisos renovados y la promesa de que ahora sí las cosas serán distintas. En el Altiplano Potosino, sin embargo, el cambio de calendario suele sentirse más como una formalidad que como un punto de inflexión. Aquí, los retos no se renuevan: se acumulan. El 2026 arranca con la misma lista de pendientes, sólo que con menos margen para la paciencia y más urgencia para los resultados.

La infraestructura continúa siendo uno de los grandes talones de Aquiles de la región. Carreteras estatales y caminos municipales siguen operando como grandes obstáculos, pues no cuentan con las condiciones adecuadas. Baches, tramos inconclusos y vialidades que se deterioran al primer temporal forman parte de la rutina. Cada traslado implica tiempo extra, desgaste de vehículos y riesgos innecesarios. Las obras públicas, cuando llegan, suelen hacerlo con bombo y platillo, aunque no siempre con continuidad ni mantenimiento. El desarrollo no se mide en inauguraciones, sino en caminos seguros y funcionales que conecten comunidades, fortalezcan el comercio local y eviten que el aislamiento siga siendo una constante.

La seguridad, por su parte, se mantiene como una de las preocupaciones más sensibles. Vivir en paz no debería ser una revelación ni una aspiración extraordinaria, pero en el Altiplano se ha convertido en un objetivo que se repite año con año sin terminar de cumplirse. La región enfrenta los mismos problemas de violencia que se han denunciado durante varios años, agravados por la extensión territorial y la limitada presencia de autoridades. En muchas comunidades, la vigilancia es esporádica y la respuesta institucional tarda en llegar. La población ha tenido que adaptar su vida diaria, normalizando precauciones que no deberían ser necesarias. Para el 2026, el reto no es anunciar operativos, sino generar condiciones reales de seguridad y confianza.

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El tema del agua merece un énfasis especial porque, lejos de resolverse, se profundiza. En el Altiplano la escasez no es un episodio, es una constante que condiciona la vida cotidiana. El suministro irregular, la sobreexplotación de los mantos acuíferos y la falta de inversión en infraestructura hidráulica mantienen a numerosas comunidades al límite. Cada año se presentan planes, diagnósticos y proyectos, pero el problema persiste en los hogares. El gran reto para el 2026 no es seguir diagnosticando, sino pasar a acciones concretas que garanticen el acceso continuo y seguro al agua.

El rezago económico completa este panorama poco alentador. Las oportunidades de empleo siguen siendo insuficientes y el crecimiento productivo no logra despegar con la fuerza necesaria. Para muchos jóvenes, la migración continúa siendo la opción más viable, dejando atrás comunidades con menos población activa y más dependencia de recursos externos. El Altiplano pierde talento y fuerza laboral mientras espera inversiones que se anuncian con frecuencia, pero que rara vez se traducen en beneficios tangibles. Reactivar la economía regional implica algo más que programas temporales; requiere visión de largo plazo y un compromiso real con el desarrollo local.

Todo esto configura una sensación persistente de abandono que no se disipa con buenos deseos ni con mensajes institucionales bien elaborados. El Altiplano no pide soluciones espectaculares ni promesas grandilocuentes; pide atención constante, políticas públicas con continuidad y autoridades que entiendan que gobernar no es administrar la escasez, sino reducirla. Que los municipios asuman su responsabilidad, que el gobierno estatal mire más allá de la capital y que la Federación deje de tratar a esta región como un punto periférico.

Los grandes retos para el 2026 no son una sorpresa ni un misterio. Son conocidos, están diagnosticados y han sido expuestos una y otra vez. Lo verdaderamente urgente es que dejen de ser parte del discurso de inicio de año y comiencen a convertirse en acciones sostenidas. Porque el verdadero desafío no es identificar lo que falta, sino demostrar, por primera vez en mucho tiempo, que el Altiplano Potosino importa más allá de los discursos y las fechas conmemorativas.