ColumnasRegión AltiplanoTitulares

Columna I Reprobados

Por Francisco Acosta-Martínez

En las últimas semanas, y ante la posibilidad de que este mismo año se dé el banderazo de salida al proceso electoral que conducirá a la renovación de las presidencias municipales en 2027, han comenzado a circular con insistencia en redes sociales encuestas, rankings y mediciones que buscan conocer el sentir ciudadano respecto al desempeño de los alcaldes del Altiplano Potosino. Algunas son serias, otras no tanto; unas con metodología, otras claramente hechas al vapor, pero todas coinciden en algo esencial: la percepción social sobre los gobiernos municipales es, en el mejor de los casos, tibia; en el peor, francamente negativa.

Nombres como Raúl Ortega en Matehuala, Cinthia Segovia en Cedral, Marisol Nájera en Charcas, Javier Sandoval en Catorce y otros alcaldes de la región aparecen una y otra vez en estos ejercicios de evaluación pública. El resultado es un patrón difícil de ignorar; desempeños que oscilan entre lo regular y lo malo, con administraciones que no logran construir una identidad propia ni dejar huella en la vida cotidiana de sus municipios. No hay obras emblemáticas que expliquen el entusiasmo oficial, ni proyectos de largo plazo que justifiquen el discurso optimista que se repite en actos públicos y redes sociales.

El Altiplano Potosino enfrenta problemáticas sociales profundas y persistentes. La escasez de agua sigue siendo una amenaza constante, no sólo para el consumo humano, sino para la actividad agrícola y ganadera, base económica de muchas comunidades. La falta de empleo formal obliga a miles de jóvenes a migrar o a incorporarse a la economía informal. La inseguridad, aunque a veces maquillada con cifras selectivas, continúa siendo una preocupación real en caminos, comunidades y zonas urbanas. A ello se suma el deterioro de los servicios públicos, el abandono de colonias y comunidades rurales, y una creciente sensación de que los ayuntamientos están rebasados o, peor aún, conformes con la inercia.

Frente a este panorama, cabría esperar gobiernos municipales activos, creativos, con capacidad de gestión y cercanía con la gente, sin embargo, lo que predomina es una narrativa de excusas: que si la herencia recibida, que si el presupuesto limitado, que si las condiciones adversas. Argumentos que, si bien pueden tener algo de verdad, pierden fuerza cuando se repiten durante toda la administración y no vienen acompañados de resultados tangibles. Gobernar implica enfrentar dificultades, no convertirlas en pretexto permanente.

Consulta nuestra edición impresa: https://cutt.ly/CtlNOsk2

Otro rasgo común en varios ayuntamientos del Altiplano es la obsesión por la imagen. Se anuncian acciones menores como si fueran grandes logros, se inauguran obras de mantenimiento con ceremonias sobredimensionadas y se confunde la actividad en redes sociales con eficacia gubernamental. Mucha foto, mucho video, mucha frase motivacional; poco impacto real en la calidad de vida de la población. La política convertida en espectáculo, pero sin guion ni final feliz.

Resulta revelador que los avances más visibles en la región, como lo son obras de infraestructura carretera, proyectos estratégicos y ciertas inversiones, tengan un denominador común: la intervención del Gobierno del Estado. Es ahí donde se observa planeación, recursos y ejecución. Los alcaldes, en muchos casos, parecen haberse acostumbrado a esperar que la obra estatal les caiga del cielo, para luego tomarse la foto y asumir méritos ajenos. Una estrategia cómoda, pero riesgosa, porque la ciudadanía empieza a distinguir quién hace qué… y quién solo estorba o administra la espera.

El problema no es únicamente la falta de grandes obras; es la ausencia de rumbo. No se percibe una visión clara de desarrollo regional desde los municipios, ni políticas públicas articuladas que atiendan de fondo las necesidades sociales. El Altiplano no requiere discursos grandilocuentes, sino gobiernos que gestionen agua, seguridad, empleo, servicios y oportunidades con seriedad y constancia. Requiere alcaldes que entiendan que su función no es administrar la nómina ni el aplauso fácil, sino servir.

Conforme se acerque el calendario electoral, es previsible que arrecien las campañas anticipadas, los mensajes triunfalistas y los intentos por reescribir la historia reciente. Pero los números, las calles, las comunidades y la vida diaria de la gente no se maquillan con facilidad. Las encuestas pueden ser cuestionables, sí, pero cuando tantas coinciden en el mismo diagnóstico, conviene poner atención.

Por ahora, el veredicto ciudadano es claro y poco halagador. En el Altiplano Potosino, los gobiernos municipales no han logrado convencer. Y en esta evaluación preliminar, más que aplausos, lo que abunda son las tachas rojas. Reprobados.