Gran parte del malestar humano no proviene de lo que nos sucede, sino de nuestra lucha constante por controlar aquello que no depende de nosotros. Esta idea, formulada hace más de dos mil años por los filósofos estoicos, sigue teniendo hoy una vigencia sorprendente. Epicteto lo expresó con claridad: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. La dificultad no está en entender esta frase, sino en aprender a vivir conforme a ella.
Desde la psicología contemporánea, esta distinción es clave para la salud mental. Numerosos estudios muestran que las personas que intentan controlar eventos externos (la conducta de otros, el pasado, los resultados futuros) presentan mayores niveles de ansiedad, frustración y sensación de impotencia. En cambio, quienes centran su energía en lo que sí está bajo su influencia desarrollan mayor resiliencia y bienestar emocional.
¿Y qué está realmente bajo nuestro control? No los resultados, no las circunstancias, no la opinión ajena. Lo que sí controlamos es nuestra respuesta: cómo interpretamos lo que ocurre, las decisiones que tomamos a partir de ello y la actitud con la que enfrentamos la experiencia. Esta idea, central en el estoicismo, coincide con uno de los pilares de la psicología cognitiva: no son los hechos los que determinan nuestro sufrimiento, sino la forma en que los pensamos.
Cuando confundimos control con seguridad, caemos en una trampa mental. Intentamos anticiparlo todo, prevenir cada error, asegurarnos de que nada salga mal. Pero esa búsqueda de control absoluto no nos calma: nos tensa. Vivir atentos a lo que no depende de nosotros mantiene al sistema nervioso en alerta constante, como si el mundo fuera una amenaza que debe ser vigilada sin descanso.
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Aprender a diferenciar lo controlable de lo incontrolable no significa resignación ni pasividad. Significa canalizar la energía de forma más inteligente. Este cambio de enfoque se asocia con un mayor sentido de autoeficacia: la percepción de que, aunque no podamos manejarlo todo, sí podemos elegir cómo actuar. Esta percepción es un factor protector frente a la ansiedad y la depresión.
El estoicismo propone una pregunta simple pero poderosa ante cualquier dificultad: ¿esto depende de mí? Si la respuesta es no, insistir solo añade sufrimiento. Si la respuesta es sí, entonces la tarea es actuar con coherencia, no garantizar un resultado. La paz no surge de que todo salga como esperamos, sino de saber que hicimos lo que estaba en nuestras manos.
Psicológicamente, este enfoque reduce la rumiación y la culpa innecesaria. Dejar de responsabilizarnos por lo incontrolable libera espacio mental para atender lo que sí podemos cuidar: nuestros valores, nuestros límites, nuestra manera de estar presentes. Vivir mejor no implica tener más control sobre la vida, sino menos guerra interna contra lo inevitable.
Quizás la verdadera libertad no consista en dominar las circunstancias, sino en aprender a soltarlas. Y en ese gesto (simple, pero profundamente humano) empieza una forma más liviana y consciente de habitar la vida.
Estefanía López Paulín
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