La crisis del Partido Acción Nacional en San Luis Potosí ya no es un rumor de pasillo ni una exageración de adversarios políticos. Es un proceso visible, documentado y, sobre todo, autoinfligido. El PAN potosino atraviesa un momento de fractura interna que no sólo compromete su viabilidad como fuerza competitiva rumbo a 2027, sino que amenaza con borrar lo que, durante años, fue uno de sus principales bastiones: el Altiplano Potosino.
Las advertencias no han venido de voces marginales. Diputados federales como David Azuara han reconocido públicamente el divisionismo, la falta de cohesión y la ruptura de acuerdos internos. Cuando un partido llega al punto en que sus propios cuadros de mayor rango levantan la mano para alertar sobre una implosión, el problema ya no es coyuntural, es estructural. A ello se suma la reciente renuncia de Aranza Puente como diputada local del PAN, acompañada de señalamientos que exhiben prácticas internas que poco tienen que ver con los valores históricos que Acción Nacional presume en el discurso y cada vez menos en los hechos.
Las acusaciones, los deslindes y los mensajes cruzados en redes sociales han hecho lo suyo; desgastar la marca PAN frente a una ciudadanía que, aun con reservas, solía identificar al partido con orden, institucionalidad y cierta disciplina interna. Hoy, en cambio, el panismo potosino proyecta la imagen de un partido más ocupado en ajustar cuentas que en construir una alternativa política seria. El problema no es sólo que existan diferencias, eso es natural en cualquier fuerza política, sino que no haya mecanismos ni liderazgos capaces de procesarlas.
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Este contexto cobra especial relevancia cuando se observa lo que ocurre en Matehuala, municipio emblemáticamente panista y pieza clave del Altiplano. Gobernado por Raúl Ortega, el Ayuntamiento ha optado por una estrategia de bajo perfil frente a las tormentas partidistas. Ortega no se pelea con nadie, no polemiza y no toma partido en las disputas internas. El problema es que tampoco gobierna con resultados visibles ni con una narrativa de trabajo que lo distinga. En política, la neutralidad sin eficacia suele confundirse con ausencia.
Matehuala no es un municipio menor para el PAN, es un termómetro. Y hoy, ese termómetro marca tibieza. La falta de obras relevantes, de gestión destacada y de liderazgo regional no sólo afecta al gobierno municipal, sino que termina arrastrando al partido que lo llevó al poder. Mientras el PAN se divide en sus cúpulas, sus gobiernos locales parecen transitar en piloto automático, confiando en inercias electorales que ya no existen.
De cara a 2027, el PAN potosino parece encaminarse a uno de dos escenarios, ambos poco alentadores. El primero es la profundización del divisionismo interno: grupos enfrentados, candidaturas impugnadas desde dentro y campañas debilitadas antes de comenzar. En este escenario, el partido no pierde por la fuerza de sus adversarios, sino por la incapacidad de ponerse de acuerdo consigo mismo. El segundo escenario es igual de riesgoso, llegar a las elecciones con gobiernos panistas sin resultados que defender, sin logros que presumir y sin argumentos para pedir continuidad.
En el Altiplano, donde el voto suele ser pragmático más que ideológico, esta combinación puede resultar letal. La ciudadanía no castiga sólo las peleas internas, castiga, sobre todo, la falta de resultados. Y cuando un partido ofrece ambas cosas, conflicto y mediocridad, el desenlace es más que previsible. El PAN aún tiene tiempo, pero no demasiado. O recompone su vida interna y exige resultados reales a quienes gobiernan bajo sus siglas, o el Altiplano Potosino dejará de ser panista no por una ola opositora arrolladora, sino por el desgaste silencioso de un partido que parece empeñado en perderse a sí mismo.






