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Columna I Fractura por una pluri

Por Francisco Acosta-Martínez

El debate por la reforma electoral ha dejado de ser un simple ajuste técnico para convertirse en un campo de batalla político donde se cruzan intereses, narrativas y, sobre todo, cálculos de poder. En el centro de la discusión está la posible desaparición de las diputaciones plurinominales, una figura que nació con la intención de equilibrar la representación democrática, pero que, con los años, fue deformándose hasta convertirse, en muchos casos, en el refugio ideal de las élites partidistas.

Morena ha decidido empujar esta reforma con una lógica de mayoría y determinación unilateral. Su argumento es sencillo y, en apariencia, popular: menos plurinominales significa menos gasto, menos políticos de escritorio y mayor cercanía entre representantes y ciudadanía. El problema es que, detrás de ese discurso, hay una decisión que no ha pasado por el consenso, ni siquiera con sus aliados naturales.

Ahí surge el choque frontal con el Partido Verde. Para el Verde, las diputaciones plurinominales no son un exceso, sino un mecanismo de supervivencia política y de equilibrio institucional. Su reclamo no es menor, acusan que Morena pretende imponer una reforma sin escucharlos, ignorando que estas posiciones permiten la representación de sectores y fuerzas que difícilmente ganarían distritos de mayoría relativa. No es una discusión de principios, sino de reglas del juego, y cuando las reglas se cambian sin consenso, las alianzas tiemblan o comienzan a fracturarse como en este caso.

Mientras tanto, la oposición tradicional, el PRI y el PAN, observa desde la barrera. No tienen vela en este entierro. La correlación de fuerzas es clara, la reforma se aprobará con o sin ellos. Su margen de acción se limita a la denuncia pública, al discurso inflamado y a la esperanza de que la fractura entre Morena y el Verde les deje algún resquicio político. No son protagonistas del proceso, apenas beneficiarios potenciales de una ruptura ajena.

El verdadero impacto de esta reforma podría tener impactos mucho más allá de las curules del Congreso de la Unión. San Luis Potosí es un ejemplo claro de los efectos colaterales. Morena, hoy segunda fuerza en el Congreso del Estado, lo es gracias a las diputaciones plurinominales, que le otorgaron tres espacios en la actual Legislatura. Sin ellas, el partido guinda enfrentaría un escenario adverso, con una representación drásticamente reducida y una pérdida evidente de peso político frente a otras fuerzas locales.

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Y el escenario se vuelve aún más delicado si la reforma se extiende a los Ayuntamientos. En ese nivel, las plurinominales han permitido cierta pluralidad en cabildos donde, de otro modo, una sola fuerza concentraría todas las decisiones. Eliminar esos espacios sin una alternativa clara podría traducirse en gobiernos municipales sin contrapesos, con mayorías absolutas que no necesariamente reflejan la diversidad del electorado.

Por eso resulta preocupante que el argumento del ahorro sea el eje rector de una reforma tan profunda. Reducir el gasto público es una meta legítima, pero insuficiente para justificar cambios estructurales al sistema de representación. Es innegable que se debe limitar la presencia excesiva y, en muchos casos, parasitaria de diputados plurinominales, pero también lo es que una democracia sin mecanismos de inclusión corre el riesgo de volverse excluyente.

La discusión de fondo debería centrarse en cómo reformar, no sólo en qué eliminar. Revisar criterios, reducir números, exigir mayor vinculación territorial o incluso replantear la forma de asignación podría ser rutas más responsables que la supresión total.

La gran pregunta es si este tema será el detonante de una ruptura real entre Morena y el Verde. De concretarse, el impacto se sentiría con fuerza en entidades como San Luis Potosí y en regiones estratégicas como el Altiplano potosino, donde los equilibrios políticos son frágiles y las alianzas determinan gobernabilidad.

Al final, la reforma electoral no sólo pondrá a prueba el sistema democrático, sino la coherencia de quienes dicen defenderlo. Porque hablar de representación mientras se concentran decisiones, o hablar de ahorro mientras se redistribuye el poder, puede terminar siendo, una vez más, sólo un cambio de forma para que todo siga igual