Como si se tratara de un cuento de hadas, uno perverso y sin final feliz; hubo un tiempo, no tan lejano, en que Villa de Reyes aprendió a convivir con el miedo. Episodios de horror que marcaron a la comunidad, nombres que se susurraban en voz baja y silencios impuestos por la prudencia o por el terror. Después, vino una aparente calma. No paz, no justicia; calma. Esa tregua frágil que suele confundirse con normalidad. Hoy, esa calma volvió a romperse.
La desaparición y posterior localización sin vida de Pablo Ortega Venegas y su acompañante no sólo sacudió a una familia o a un grupo cercano. Volvió a encender las alarmas de todo un municipio que creyó haber dejado atrás sus peores noches. Y es que no se trataba de cualquier ciudadano. Pablo Ortega, un empresario, figura conocida, actor social con peso propio, representaba mucho más que un nombre en una ficha de búsqueda.
Ortega se movía en varios tableros a la vez. El empresarial, donde era reconocido por su actividad productiva; el social, donde su presencia no pasaba desapercibida; y el político, donde su nombre había comenzado a sonar como una posibilidad real rumbo a futuros procesos electorales. En los municipios como Villa de Reyes, donde todos se conocen y todo se cruza, esos perfiles no son menores, concentran expectativas, generan adhesiones y, también, incomodan.
Su desaparición encendió las alertas. Hubo un silencio oficial, versiones medidas y cautela institucional. Días después, este lunes, la confirmación del peor desenlace: ambos fueron encontrados sin vida fuera del estado. Y entonces, lo que parecía una historia de búsqueda se convirtió en una de luto colectivo. Podríamos decir que, cuando la violencia alcanza a personas con arraigo y visibilidad, el mensaje es claro: nadie está exento.
El impacto en la comunidad ha sido profundo. Villa de Reyes no es un municipio cualquiera. Es hogar de miles de trabajadores, de familias enteras que dependen de la actividad industrial y del dinamismo económico que ahí se genera. Es también un punto estratégico en el mapa de San Luis Potosí y, justo por eso, cada hecho violento resuena con más fuerza, porque erosiona la confianza, paraliza decisiones y normaliza el miedo.
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Aquí aparece la gran contradicción. Villa de Reyes es, al mismo tiempo, potencia industrial y territorio vulnerable. Alberga algunas de las industrias más importantes del estado, concentra inversión, empleo y crecimiento económico, pero también carga con una historia de violencia que nunca terminó de cerrarse. Yo me pregunto ¿Cómo puede un municipio que aporta tanto al desarrollo estatal seguir atrapado en ciclos de inseguridad?
Tal vez la respuesta esté en lo que durante años se evitó mirar de frente. El crecimiento acelerado sin un acompañamiento real en materia de seguridad; la presencia de intereses económicos, políticos y criminales conviviendo o chocando en el mismo espacio; la tentación de pensar que la violencia era cosa del pasado, o peor aún, de otros municipios.
Lo ocurrido con Pablo Ortega no es un hecho aislado ni una casualidad desafortunada. Es un síntoma. Un recordatorio incómodo de que la violencia no se fue, sólo estaba esperando. Y cuando regresa, lo hace con fuerza, sin pedir permiso y dejando claro que los pactos tácitos, si es que existieron, ya no operan.
Urge, entonces, algo más que comunicados escuetos y promesas de investigación. Urge una estrategia de fondo. Urge reconocer que Villa de Reyes enfrenta un escenario complejo, donde la riqueza industrial convive con una fragilidad institucional peligrosa. Urge poner un alto a la violencia que, por años, ha sido parte del ADN no reconocido del municipio.
Quizá sea momento de dejar la ironía amarga de pensar que el desarrollo económico basta para comprar tranquilidad. La realidad demuestra lo contrario. Sin seguridad, sin Estado de derecho y sin voluntad política real, ni las industrias más grandes alcanzan para apagar un municipio que, otra vez, parece estar en llamas.
Cavilaciones
Primera: El gobernador Ricardo Gallardo estuvo, ayer, en la Huasteca Potosina. Inició la obra de la carretera que conecta el municipio de San Vicente con El Higo, Veracruz. El mandatario anunció que les va a construir un bulevar con alumbrado y toda la cosa a los habitantes de ese polémico municipio que, cabe mencionar, preside Gilberto González Zumaya, quien ganó la elección por el PAN, pero migró a Morena. El edil es pariente del polémico empresario huasteco, Gerardo Sánchez Zumaya, quien lo impulsó para llegar al cargo. Curiosamente, Gilberto le ganó al candidato del partido de la cuatroté que era el hijo del legendario Jesús Soni ¡Así pasa cuando sucede! ¡Miau!
Segunda: Palomita para el comandante Jesús Juárez, secretario de Seguridad. Este lunes, detuvo a los integrantes de una banda de falsificadores de billetes de 500 y mil pesos que operaba en la Zona Altiplano desde hace, por lo menos, quince días. Los delincuentes estafaron a mucha gente y negocios, sobre todo en el Pueblo Mágico de Real de Catorce, donde casi todo se maneja en efectivo. Entre los detenidos hay tres mujeres que eran las que se aparecían para comprar mercancías con los billetes falsos. Hay que recordar que se trata de un delito federal, así que será la Fiscalía General de la República la que se encargue del proceso penal.
Tercera: En la Arena Potosí, deben vigilar que las promociones que anuncian se hagan efectivas. Por lo pronto, Smarticket está estafando a los fans que buscan comprar boletos de 90s Pop Tour. La boletera anuncia que tienen los accesos dos por uno, pero se trata de un fraude ¡Ojo! Cristopher Pérez Vargas, hay chamba que hacer.






