Si algo ha demostrado la política mexicana en los últimos años es su enorme capacidad para adelantarse a todo, menos a resolver los problemas de fondo. Aún sin calendario oficial, sin reglas claras de competencia y con un proceso electoral de 2027 que todavía se ve lejano en el papel, la clase política ya empezó a calentar motores. Y como suele ocurrir, no lo hace con resultados, sino con encuestas. Muchas encuestas. Demasiadas.
La llamada encuestitis se ha convertido en una epidemia silenciosa que avanza con rapidez en redes sociales. De pronto, cualquier página de Facebook o cuenta de dudosa procedencia se siente con autoridad para medir preferencias electorales rumbo a presidencias municipales, diputaciones locales y federales, la gubernatura y, en un alarde de ambición tempranera, hasta regidurías. Todo se mide, todo se cuantifica, todo se convierte en porcentaje, aunque nadie sepa quién preguntó, a cuántos, ni bajo qué metodología.
Estas encuestas no buscan informar ni generar análisis serio. Su objetivo es otro: posicionar nombres, familiarizar al electorado con ciertos perfiles y, de paso, mandar el mensaje de que “ya vamos arriba”. Poco importa si la realidad en las calles dice otra cosa. Lo que cuenta es la captura de pantalla, la gráfica colorida y el texto triunfalista.
En el Altiplano potosino el fenómeno no podía quedarse fuera. Aquí también hay fiebre de encuestas y sobran los aspirantes que, con una mano levantada y la otra en el celular, esperan ser medidos. Lo peculiar es que muchos de ellos no sólo aparecen en los sondeos, sino que son juez y parte; mandan hacer la encuesta, la difunden y luego piden abiertamente a sus simpatizantes que reaccionen, voten y compartan para quedar bien parados. Un ejercicio que de espontáneo no tiene absolutamente nada.
El resultado es una percepción artificial del ánimo social. Se vende la idea de un respaldo amplio, cuando en realidad se trata de burbujas digitales cuidadosamente infladas. Así, se construyen liderazgos de pantalla que no necesariamente existen en la calle, en las comunidades rurales o en los sectores que hoy exigen atención.
Ahí están los nombres que ya suenan con insistencia. Raúl Ortega, quien buscaría la reelección como alcalde de Matehuala; Cinthia Segovia, con aspiraciones similares en Cedral; o Javier Sandoval, en Catorce. Los tres parecen encontrar en las encuestas de redes sociales el reconocimiento que no han terminado de consolidar con trabajo tangible. Buscan en los números lo que no han logrado plenamente en el territorio ni en la cercanía con la ciudadanía.
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Es curioso, mientras se celebran porcentajes y se comparten resultados, los pendientes siguen ahí; falta de apoyos a sectores productivos, rezagos en servicios públicos, problemas de infraestructura, inseguridad y un creciente desencanto ciudadano. Son temas que se repiten en las quejas de la gente, pero que no aparecen reflejados en las encuestas de conveniencia.
Aun así, el entusiasmo reeleccionista no se detiene. Pareciera que para algunos el derecho a permanecer en el cargo ya está dado por sentado y que la ratificación popular es sólo un trámite más. La autocrítica brilla por su ausencia y la evaluación real del desempeño se sustituye por gráficas a modo.
El problema es que las encuestas, como herramienta, ya están desgastadas. La ciudadanía aprendió a desconfiar. Sabe distinguir entre estudios serios y ejercicios manipulados. Cada encuesta tendenciosa no suma, resta credibilidad. Cada intento de inflar números alimenta más el escepticismo.
Y hay un punto que no debería pasar inadvertido: estas prácticas de autopromoción permanente, disfrazadas de mediciones ciudadanas, claramente rozan los actos anticipados de campaña. Un terreno que las autoridades electorales tendrían que observar con lupa, no sólo para hacer cumplir la ley, sino para evitar que el proceso de 2027 llegue contaminado desde su arranque informal.
Tal vez valdría la pena que quienes hoy gastan tiempo y recursos en encuestas de redes sociales se hicieran una pregunta más incómoda: ¿qué he hecho para merecer otros tres años? La respuesta no está en un porcentaje ni en una reacción digital. Está, o debería estar, en resultados concretos, en presencia territorial, en diálogo real con la gente y en soluciones palpables.
Al final, los seguidores no se compran con encuestas y la legitimidad no se construye con likes. Eso, por más que lo intenten, todavía no lo mide ninguna gráfica.
