La semana política en San Luis Potosí tuvo nombre y apellido: Manuel Velasco. El destape adelantado de la senadora Ruth González Silva movió las piezas, aceleró los tiempos y, sobre todo, encendió un avispero dentro del Partido Verde. Lo que parecía una jugada controlada terminó convirtiéndose en un episodio que obligó a matizar, corregir y abrir el abanico.
El mensaje fue claro, Ruth está en la conversación grande. Pero la reacción no se hizo esperar. Desde la mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo marcó distancia con una frase que cayó como balde de agua fría, no está de acuerdo con que se herede el poder. Eso sí, dejó a salvo la autonomía partidista al señalar que el Verde tiene sus propias reglas y estatutos. Política pura, deslinde sin ruptura.
El golpe fue sutil, pero suficiente para que al día siguiente Manuel Velasco saliera a componer el discurso. Dijo que Ruth va arriba en encuestas, pero que hay otros perfiles competitivos. Y entonces destapó a J. Guadalupe Sánchez Torres, secretario general de gobierno, y a Nacho Segura, secretario general del comité estatal del Verde en San Luis Potosí. Movimiento defensivo. Apertura forzada. Control de daños.
Nacho, hay que decirlo, ha entregado buenas cuentas como dirigente. Ha mantenido cohesionado al partido y ha sabido operar en momentos complejos. No es improvisado. Pero el caso de Lupe es distinto. Como coordinador del partido en el Altiplano no logró consolidar estructura ni capitalizar políticamente la zona. Ahí el PAN ganó la presidencia municipal y Verónica Rodríguez se llevó el Senado. Los resultados pesan más que los discursos.
Muchos dentro del Verde sintieron que tenían posibilidades reales hasta antes del mensaje presidencial. El trastabilleo de Velasco abrió la puerta a aspiraciones contenidas.
Y mientras tanto, en el Altiplano, Lupe parece no haber entendido la doble oportunidad que le dio el electorado en 2021 y 2024. Dos momentos para construir estructura, renovar cuadros, sumar liderazgos frescos. Pero no. Sigue rodeado de los mismos actores, repitiendo fórmulas agotadas. Tomás Zavala permanece en la ecuación; Franco Coronado luce apagado. No hay nueva generación, no hay narrativa distinta, no hay músculo ampliado.
Consulta nuestra edición impresa: https://cutt.ly/DtmGRTnI
La política no perdona la falta de construcción. Y menos cuando el electorado ya te dio margen.
Del lado de Morena el panorama tampoco es alentador. No hay una competencia sólida, pero tampoco una figura que despunte con legitimidad real. Iván Estrada se mueve desde Bienestar con aspiraciones claras, acompañado de su inseparable amigo “El Jícama”. Ambos se asumen ya en la boleta, pero en tierra la percepción es otra.
El Jícama dejó saqueado a La Paz; Iván hizo lo propio en Matehuala. Señalamientos, desgaste y poca obra tangible. Aun así, el cálculo político les hace pensar que el simple sello partidista es suficiente. Error frecuente.
Hoy, quienes buscan reelección o salto a otro cargo están dedicados a la grilla de escritorio, reuniones cerradas, mediciones internas, control de estructuras mínimas y fotografía estratégica oara presumir en redes sociales. Pero en la calle la historia es distinta, la gente reclama servicios, seguridad, oportunidades. Y no hay respuesta.
El riesgo para todos, Verde y Morena, es el mismo, subestimar el hartazgo silencioso, creer que el voto es automático, pensar que la marca sustituye el trabajo.
Manuel Velasco quiso marcar el ritmo, pero terminó evidenciando que la sucesión no está planchada. La presidenta puso un límite discursivo, las bases se inquietaron y los aspirantes comenzaron a moverse más por ansiedad que por estrategia.
En política, el que acelera sin tener amarrado el tablero suele cometer errores. Y en el Altiplano, donde los resultados no acompañan a varios de los que hoy levantan la mano, la contienda no será tan sencilla como algunos suponen.
La grilla está encendida. El territorio, no tanto.
Hasta la próxima.







