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Reportaje I Altiplano, vulnerable ante incendios

Por Francisco Acosta-Martínez

En el Altiplano potosino, el humo se volvió parte del paisaje. En las últimas semanas, una cadena de incendios forestales y de pastizales ha alterado la vida cotidiana en municipios como Mexquitic de Carmona, Villa de Reyes, Guadalcázar, Salinas, Villa Hidalgo y otras localidades donde el fuego avanzó con rapidez sobre terrenos resecos por la sequía y el viento constante. A esta lista se sumaron también Charcas, Ahualulco, Moctezuma, Matehuala y Santo Domingo, donde las llamas generaron complicaciones operativas, afectaciones a terrenos de uso común y una movilización emergente de pobladores para evitar que el fuego alcanzara viviendas y corrales. Lo que comenzó como siniestros aislados terminó convirtiéndose en una contingencia regional que dejó cientos de hectáreas consumidas, ganado sin alimento y comunidades enteras en estado de alerta permanente.

En Mexquitic, uno de los municipios más golpeados, las llamas se extendieron por zonas como Milpillas, Cruces y Carmona, Paso Blanco y La Campana. Vecinos relatan que el fuego avanzaba en distintos frentes al mismo tiempo, impulsado por ráfagas que cambiaban de dirección y reavivaban puntos que ya se creían controlados.

La escena se repitió en otros puntos del Altiplano: columnas de humo visibles a kilómetros de distancia, caminos rurales convertidos en brechas improvisadas de contención y pobladores organizándose para proteger viviendas y parcelas. En Charcas y Santo Domingo, productores reportaron pérdida de pastizales destinados a la ganadería, mientras que en Ahualulco y Moctezuma las brigadas comunitarias trabajaron durante horas para evitar que el fuego cruzara hacia zonas habitadas. En varios casos, la combinación de viento y vegetación seca provocó que los incendios se reactivaran, obligando a redoblar esfuerzos en jornadas extenuantes.

La temporada crítica apenas comienza y ya se habla de daños considerables. El Altiplano es una región donde el pastizal no es un elemento secundario del paisaje, sino la base de la actividad ganadera. Cuando el fuego arrasa con la cobertura vegetal, no solo deja tierra negra; compromete el sustento de familias que dependen del forraje para alimentar su ganado. Cada hectárea quemada representa meses de recuperación natural, inversión adicional en alimento y, en algunos casos, la venta anticipada de animales para evitar pérdidas mayores.

El impacto ambiental es igualmente severo. Los suelos, expuestos tras la quema, pierden capacidad de retener humedad y nutrientes. Si las lluvias llegan con intensidad, la erosión puede convertirse en el siguiente problema. A ello se suma la afectación a fauna silvestre y la pérdida de vegetación que cumple funciones clave en la regulación térmica y la conservación del ecosistema semidesértico característico del Altiplano potosino.

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En el plano social, la contingencia ha dejado ver la fragilidad de los mecanismos de respuesta. Aunque autoridades estatales y municipales han informado sobre acciones de control y coordinación, en varias comunidades la percepción es que la reacción fue tardía o insuficiente. Habitantes narran que tuvieron que organizarse con palas, ramas y pipas particulares para contener el avance de las llamas mientras esperaban la llegada de brigadas formales. La apertura de compuertas en presas para garantizar disponibilidad de agua fue una medida relevante, pero no sustituyó la necesidad de equipo especializado, logística clara y presencia constante en campo.

El humo persistente también afecta la salud. En localidades cercanas a los puntos de incendio, adultos mayores y niños han resentido irritación en ojos y vías respiratorias. Las escuelas rurales han tenido que ajustar actividades y los productores agrícolas han visto interrumpidas jornadas de trabajo ante el riesgo de que el fuego cambie de dirección.

Más allá de la emergencia inmediata, lo que preocupa en el Altiplano es la tendencia. La combinación de sequía prolongada, altas temperaturas y vegetación seca crea condiciones propicias para que cualquier descuido, una quema agrícola mal controlada, una chispa en carretera o un acto intencional, se transforme en un siniestro de gran escala. Si los incendios ya son intensos en las primeras semanas de la temporada, el escenario hacia los meses más cálidos genera inquietud.

La dinámica regional se modifica cuando el fuego entra en escena. Productores detienen labores para sumarse a brigadas improvisadas; autoridades municipales concentran recursos en la contingencia; familias vigilan de noche el horizonte ante el temor de que las llamas se acerquen. La economía local se desacelera, el ánimo social se tensiona y la conversación pública gira en torno a la capacidad institucional para responder con eficacia.

En el Altiplano potosino, los incendios no son sólo un fenómeno natural, son un termómetro de vulnerabilidad. Exponen la dependencia de la región a sus recursos naturales, la necesidad de fortalecer esquemas de prevención y la urgencia de invertir en equipamiento y capacitación. Cuando el fuego se apaga, quedan las cenizas visibles y las invisibles: la tierra quemada y la desconfianza sembrada.

Las próximas semanas serán decisivas. Si las condiciones climáticas se mantienen adversas, el riesgo seguirá latente. La región enfrenta, además del reto de extinguir incendios activos, el desafío de replantear su estrategia de prevención y respuesta.