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Columna | Cerraron uno, ¿abrirán otro?

Por Francisco Acosta-Martínez

La intención de construir un nuevo centro penitenciario en San Luis Potosí, planteada por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de San Luis Potosí y anunciada por su titular, Jesús Juárez Hernández, no sorprende. Llega como consecuencia lógica de una realidad que desde hace años se arrastra con discreción institucional; las cárceles del estado operan bajo presión constante y, en algunos casos, al límite de su capacidad. El ejemplo más evidente es el Centro de Reinserción Social de La Pila, que concentra buena parte de la población penitenciaria y cuya saturación ya no es un secreto ni un asunto menor.

La sobrepoblación carcelaria no es un simple dato estadístico, es un problema que impacta directamente en la gobernabilidad interna, en las condiciones de vida de las personas privadas de la libertad y, sobre todo, en la posibilidad real de cumplir con el objetivo constitucional de la reinserción social. Sencillamente, cuando los espacios no alcanzan, los programas se vuelven insuficientes, el personal se sobrecarga y la rehabilitación se convierte en un objetivo imposible de alcanzar.

En ese contexto, la idea de edificar un nuevo penal con capacidad para alrededor de mil internos parece sensata. Si el sistema está saturado, ampliar la infraestructura resulta, en apariencia, la respuesta adecuada. Más espacios significan menos hacinamiento y, en teoría, mejores condiciones para desarrollar talleres, actividades educativas y atención psicológica. Nadie puede sostener seriamente que la saturación es deseable o funcional.

La memoria reciente, sin embargo, obliga a matizar el entusiasmo. En 2023 se decidió cerrar el Centro de Reinserción Social de Matehuala bajo el argumento de que no reunía condiciones adecuadas y que no garantizaba una verdadera reinserción social. La medida fue presentada como un acto responsable frente a deficiencias estructurales y operativas. Se habló de estándares, de dignidad, de la necesidad de no mantener instalaciones que ya no cumplían con su función.

La decisión pudo haber sido correcta desde el punto de vista técnico. Lo que genera dudas es el contexto en que ocurrió. Si ya existía una presión considerable en otros centros penitenciarios, cerrar uno implicaba inevitablemente trasladar el problema a los que permanecían abiertos. Y eso fue exactamente lo que ocurrió; la carga se redistribuyó, pero no desapareció.

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Más aún, el inmueble de Matehuala no fue reconvertido como se prometió. Se anunció que tendría un nuevo uso, que sería destinado a algún proyecto de impacto social que beneficiara a la región. A la fecha, el espacio permanece prácticamente en abandono, convertido en una estructura vacía que recuerda que las decisiones públicas no siempre se acompañan de planes integrales. Resulta inevitable preguntarse si no habría sido posible rehabilitar, adecuar o transformar ese espacio antes de optar por una nueva construcción.

La propuesta de un nuevo penal abre entonces dos debates paralelos. El primero es operativo: la saturación existe y debe atenderse. En ese sentido, ampliar la capacidad instalada puede aliviar tensiones inmediatas y mejorar condiciones materiales. El segundo es estratégico: ¿se está apostando únicamente por más infraestructura o existe una política integral que ataque las causas del crecimiento de la población penitenciaria?

La reinserción social exige algo más que celdas nuevas. Requiere programas educativos sólidos, capacitación laboral vinculada al mercado real, atención psicológica continua y seguimiento posterior a la liberación. También demanda coordinación entre instituciones y voluntad presupuestal sostenida. De poco sirve inaugurar instalaciones modernas si la política pública no acompaña con contenido y evaluación.

La ironía es evidente; se cerró un penal por no cumplir con estándares adecuados y ahora se proyecta otro para atender la saturación que, en parte, se agravó tras aquella decisión. No se trata de cuestionar la necesidad de mejores condiciones, sino de señalar que las políticas públicas deben tener coherencia en el tiempo. Si el cierre de Matehuala fue una medida responsable, la planeación de la infraestructura sustituta debió haberse anticipado con claridad.

San Luis Potosí enfrenta el reto de decidir si el nuevo penal será únicamente una válvula de escape para La Pila o el punto de partida para modernizar su modelo penitenciario. La diferencia no es menor. En el primer caso, se trataría de una reacción ante la presión acumulada. En el segundo, de una estrategia que combine infraestructura, prevención y reinserción efectiva.

La construcción de un nuevo centro implicará recursos considerables y un mensaje político claro. Puede convertirse en una oportunidad para corregir fallas estructurales y ofrecer condiciones más dignas. También puede reproducir inercias si no se acompaña de cambios profundos en la forma de entender la política criminal.