“Los mismos de siempre, metes a todos en una licuadora y no se hace ni uno”. Fue certero Gabino Morales, diputado federal de Morena, exdirigente estatal del partido y exdelegado del Bienestar. No es una ocurrencia ni un desliz de redes sociales. Es un diagnóstico crudo que duele precisamente porque viene de alguien que conoce a Morena desde sus cimientos, desde cuando era movimiento y no maquinaria, esperanza y no simple plataforma electoral. El comentario surgió a raíz de una fotografía difundida por Rita Ozalia Rodríguez, presidenta estatal del partido, durante una convivencia con motivo del Día de Reyes. Una imagen que pretendía mostrar cercanía y unidad, pero que terminó revelando el verdadero problema: quiénes están ocupando hoy el espacio político dentro de Morena.
El fondo del asunto no es la foto, ni la convivencia, ni la fecha. Es lo que representan los rostros que aparecen o los que no aparecen, pero operan en el partido. En regiones como el Altiplano potosino, Morena ha optado por una ruta que contradice su razón de ser: reciclar a los viejos perfiles que la ciudadanía ya había rechazado. Iván Estrada en Matehuala; Howard Aguilar y su esposa, Lupita de la Garza, en Cedral; Francisco Olguín en Villa de Guadalupe; Jorge Armando Torres “El Jícama” en Villa de la Paz. La lista es larga y, sobre todo, conocida. Tan conocida que ya no genera expectativa, sino hartazgo.
La gran apuesta de la dirigencia estatal, encabezada por Rita Ozalia Rodríguez, ha sido la de sumar por sumar. Reclutar estructuras, operadores, liderazgos territoriales, sin preguntarse si esos nombres todavía tienen legitimidad social. Bajo esa lógica, cualquier incorporación se celebra como ganancia política, aunque en los hechos represente un pasivo electoral. Se confunde músculo con credibilidad, cantidad con respaldo, presencia con aceptación.
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La política, sin embargo, no funciona así. La gente no vota por catálogos de nombres ni por fotografías de unidad; vota por símbolos, trayectorias y confianza. Y ahí es donde Morena comienza a fallar de manera preocupante. Porque al abrirle la puerta a personajes que ya gobernaron mal, que ya fueron rechazados, que tienen negro historial o que simplemente ya no conectan con la ciudadanía, el partido manda un mensaje claro: el cambio puede esperar; el poder, no.
El resto del trabajo partidista ha transitado, en buena medida, por el terreno de la simulación. Simulación de procesos internos democráticos, simulación de renovación generacional, simulación de apertura a nuevas voces. En los hechos, las decisiones siguen tomándose en círculos cerrados, bajo acuerdos pragmáticos que privilegian el control inmediato sobre la construcción de un proyecto sólido a largo plazo. Morena empieza a comportarse como esos partidos a los que antes acusaba de repartir candidaturas como cuotas.
Aquí es donde la advertencia de Einstein cobra vigencia política: hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados distintos es una forma de locura. Morena está repitiendo, casi con disciplina, los errores que llevaron al desgaste del PRI, del PAN y del PRD (de este último, incluso su extinsión). La diferencia es que Morena aún tiene capital político, pero ese capital no es infinito. Cada decisión errónea lo erosiona un poco más.
En el Altiplano, el riesgo es evidente. La gente reconoce los nombres, recuerda las historias y no necesariamente con nostalgia. Cambiar de partido no borra trayectorias, ni limpia expedientes, ni transforma prácticas. Pensar que el simple logotipo basta para reinventar perfiles es subestimar al electorado. Y ese ha sido, históricamente, el principio del fin de muchos proyectos políticos.
De los otros partidos ya casi no se habla, y no porque Morena los haya derrotado definitivamente, sino porque están igual o peor, atrapados en el pantano que ellos mismos crearon durante años de soberbia, simulación y divorcio con la sociedad. Morena llegó prometiendo ser distinto. Hoy, decisiones como las que se toman desde la dirigencia estatal lo acercan peligrosamente a ese mismo lodazal.
Las facturas políticas no llegan de inmediato. Se acumulan en silencio, elección tras elección, desencanto tras desencanto. Cuando se cobran, no aceptan discursos ni justificaciones. Se pagan en las urnas. Y si Morena insiste en licuar a los mismos de siempre, creyendo que de ahí saldrá algo nuevo, quizá descubra demasiado tarde que la gente ya no está dispuesta a beberse esa mezcla.





