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Columna I Deseos de Año Nuevo

Por Francisco Acosta-Martínez

En el Altiplano Potosino el año cambia con la puntualidad de siempre, pero la realidad parece quedarse detenida en el mismo punto. Se renueva el calendario, se reciclan los discursos y se desempolvan las promesas, mientras que en municipios como Matehuala, Charcas, Cedral y Catorce, por mencionar algunos, la vida cotidiana continúa marcada por carencias que ya no deberían existir en pleno siglo XXI. Aquí, los deseos de Año Nuevo no caben en una copa de sidra ni se resuelven con doce uvas; son exigencias urgentes que se han ido acumulando con paciencia, pero también con cansancio.

El tema de la salud encabeza esa lista interminable de deseos. En el Altiplano, enfermarse sigue siendo un problema mayor, no por la gravedad del padecimiento, sino por la precariedad del sistema que debería atenderlo. Centros de salud con horarios limitados, personal insuficiente y farmacias vacías forman parte del paisaje habitual. Cuando el caso se complica, el traslado a la capital del estado se convierte en una travesía obligada que implica tiempo, dinero y riesgos. No se trata de pedir hospitales de primer mundo, sino de garantizar que un derecho básico no dependa de la suerte o de la capacidad económica de cada familia.

La educación tampoco escapa a esta lógica de rezago estructural. Las escuelas del Altiplano funcionan muchas veces gracias al esfuerzo de docentes y padres de familia, más que por una política pública sólida. Aulas deterioradas, carencia de material didáctico y un acceso limitado a tecnologías que en otros lugares ya se consideran indispensables siguen siendo la norma. Se habla de innovación educativa y de preparar a las nuevas generaciones para competir en un mundo globalizado, mientras que, aquí, el reto sigue siendo que los niños no abandonen la escuela por falta de condiciones mínimas.

La infraestructura es otro deseo recurrente que se repite cada año sin perder vigencia. Carreteras estatales y caminos municipales que ponen a prueba la suspensión de los vehículos y la paciencia de los conductores, obras inconclusas que se anuncian una y otra vez y servicios básicos que llegan de forma irregular. En temporada de lluvias, algunos caminos se vuelven prácticamente intransitables; en temporada seca, el polvo recuerda que el desarrollo no ha pasado por ahí. El Altiplano no exige autopistas de cuota, sino vialidades seguras y funcionales que conecten comunidades y faciliten la actividad económica.

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En materia de seguridad, el deseo es sencillo y profundo: vivir en paz. La región no es ajena a los problemas de violencia e inseguridad que aquejan al estado y al país, pero a ello se suma una percepción constante de abandono. La presencia de las autoridades es esporádica y, en ocasiones, más simbólica que efectiva. La población ha aprendido a ajustar rutinas, a evitar horarios y a normalizar situaciones que no deberían ser normales. Pedir seguridad no es pedir privilegios, es exigir que el Estado y los Municipios cumpla con una de sus funciones esenciales.

El agua, por su parte, merece mención especial. En el Altiplano no es un tema estacional ni una preocupación pasajera, es una crisis permanente. El abasto irregular, la sobreexplotación de mantos acuíferos y la falta de planeación a largo plazo han colocado a varias comunidades en una situación límite. Mientras los planes y diagnósticos se multiplican, el líquido sigue faltando en los hogares. Aquí, el deseo de Año Nuevo no es consumir menos agua, sino contar con ella de manera constante y segura.

A todo ello se suma una sensación generalizada de rezago económico. Las oportunidades de empleo son escasas y, para muchos jóvenes, la migración se mantiene como la única alternativa viable. El Altiplano ve partir a su gente con la misma regularidad con la que recibe promesas de desarrollo que rara vez se concretan. El resultado es una región que resiste, pero que también se desgasta.

Con un toque inevitable de sarcasmo, podría decirse que el Altiplano no pide la luna, sólo pide que alguien mire hacia acá con seriedad. Que los gobiernos municipales asuman su responsabilidad, que se deje de administrar la escasez y que la Federación recuerde que esta región también forma parte del mapa. Los deseos de Año Nuevo, en realidad, no son deseos, son pendientes. Y mientras no se atiendan, el Altiplano seguirá brindando cada diciembre por un año mejor, con la esperanza de que esta vez sí llegue la atención y el progreso.