México volvió a dejar más dudas que certezas. Nada nuevo, pero cada episodio reciente parece empeñado en recordarnos que el futbol nacional vive atrapado entre discursos triunfalistas, actitudes conformistas y una realidad que golpea cada vez más fuerte.
La Selección Sub-17 fue el primer recordatorio. Después del golpe anímico que significó eliminar a Argentina en penales, una hazaña que despertó titulares, ilusiones y un suspiro de esperanza, el equipo mexicano se desplomó sin oposición. Portugal lo aplastó 5-0, una derrota que no solo fue amplia; fue humillante. El partido dejó claras las diferencias, mientras los portugueses jugaron con intensidad, técnica y claridad, México se vio confundido, rebasado, sin idea y sin capacidad de reacción. Un baño de realidad para el futbol formativo.
Pero si algo caracteriza al futbol mexicano es su facilidad para encadenar decepciones. Mientras la Sub-17 trataba de asimilar el golpe, la Selección Mayor se presentaba en Torreón para enfrentar a Uruguay. Un 0-0 gris, sin brillo, que no pasaría a la historia de no ser por el berrinche colectivo de varios futbolistas mexicanos. Los aficionados los abuchearon, les exigieron, los cuestionaron. Nada fuera de lo normal en un país futbolero. Pero algunos jugadores se sintieron ofendidos porque, según ellos, la gente debería aplaudirles cada intento fallido, cada pase errado o cada jugada sin sentido. «Ahora entiendo por qué nos llevan a Estados Unidos», dijo Raúl Jiménez, revelando más sobre la mentalidad del futbolista mexicano que sobre la afición misma.
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El discurso de víctima, sin embargo, duró poco. En el siguiente amistoso, ya en Estados Unidos, ante Paraguay, México volvió a exhibir sus carencias. Perdió 2-1 con dos errores graves de Malagón, quien también fue abucheado por la afición mexicana que reside allá. ¿No que solo en México pasaba eso? Durante años, la Federación convirtió los partidos en Estados Unidos en una mina de oro, estadios llenos, mercancía, boletos caros, giras interminables y una afición que siempre apoyaba. Esa misma afición, la más fiel y la más explotada, también se hartó. A menos de 200 días del Mundial, esta selección no muestra ni estructura, ni carácter, ni algo parecido a un proyecto funcional.
El problema viene de lejos. México ha pecado, y en eso se incluye al aficionado, de creer que existe un nivel futbolístico que no está ahí. Nos encanta compararnos con potencias, imaginarnos al nivel, construir relatos épicos sobre lo que podríamos ser. Pero la realidad es que no tenemos el talento, la competencia interna ni la mentalidad para competir con selecciones top. La estadística es cruel, solo tres futbolistas mexicanos han triunfado realmente en equipos importantes de Europa en toda la historia. Tres.
La selección tiene potencial, sí. Puede competir en ciertos niveles, también. Pero no tiene, ni de cerca, lo necesario para aspirar a más allá del famoso quinto partido. Ya es momento de aceptarlo, no desde el derrotismo, sino desde la honestidad. Ese sería el primer paso hacia un cambio real. Pero seguimos atrapados en el mismo ciclo, jugadores con mentalidad frágil, incapaces de tolerar una crítica; futbolistas que se pelean con la tribuna; profesionales que se derrumban ante la presión y después exigen respeto sin ofrecer resultados. Y para colmo, muchos ni siquiera mantienen el nivel en sus propios clubes.
¿Con qué cara salen a hacer berrinches? ¿Con qué cara se indignan?
A este escenario se suma un proceso que comenzó mal. Javier Aguirre es un entrenador experimentado, capaz de salvar equipos del descenso en España, pero no es el técnico para este ciclo. Era el momento ideal para una renovación profunda, para un cambio generacional serio, para apostar por nuevos talentos. Pero aquí estamos otra vez, las vacas sagradas ya están haciendo fila para ir al Mundial, y lo peor es que seguramente lo lograrán.
México camina sin rumbo. Sin idea. Con una afición que ya empieza a cansarse de justificar lo injustificable. Y en medio, una Federación que opera como si nada pasara, celebrando triunfos menores y organizando giras lucrativas, mientras en la cancha no hay solidez en ninguna línea, ni en defensa, ni en medio campo, ni en ataque.
De nada sirve ganar la Copa Oro si, al enfrentarte con selecciones de nivel real, no puedes ni meter gol. De nada sirven los discursos motivacionales o las frases de confianza cuando la realidad es un equipo sin identidad, sin fortaleza mental y sin señales de progreso. Lo preocupante no es perder. Lo preocupante es no saber a qué se juega. Y eso, aunque intenten disimularlo, ya no lo tapa nadie.






