En el imaginario colectivo, las heridas emocionales suelen asociarse a experiencias claramente traumáticas: maltrato, negligencia o abandono explícito. Sin embargo, desde la psicología sabemos que muchas de las marcas emocionales que arrastramos en la adultez no provienen de una mala intención ni de una crianza deficiente en términos visibles. Con frecuencia, surgen de la forma en que, siendo niños, interpretamos lo que nos ocurre.
La infancia es una etapa en la que el mundo se comprende desde un pensamiento egocéntrico y concreto. Los niños no cuentan aún con los recursos cognitivos ni emocionales para entender contextos complejos como el trabajo, la economía familiar o el estrés adulto. Por eso, cuando una figura significativa no está disponible (aunque sea por razones legítimas) el niño no piensa “mis padres trabajan para darme una vida digna”, sino “no están conmigo”. Y en esa ausencia, muchas veces, el significado que se construye es emocional: no soy suficiente, no soy prioritario, me pueden dejar.
Un ejemplo frecuente es la llamada herida de abandono. En consulta, muchas personas relatan historias familiares donde hubo esfuerzo, sacrificio y cuidado material. Padres y madres presentes en lo práctico, pero ausentes en lo emocional por jornadas laborales extensas, cansancio crónico o preocupaciones constantes. Desde la mirada adulta, no hubo abandono. Desde la vivencia infantil, sí pudo haber una sensación profunda de soledad emocional. Y ambas cosas pueden ser verdaderas al mismo tiempo.
La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby y ampliada por Mary Ainsworth, nos ayuda a entender este fenómeno. El apego no se construye solo a partir de la provisión material, sino de la disponibilidad emocional: la capacidad del cuidador de responder de manera sensible y consistente a las necesidades del niño. Cuando esta respuesta es intermitente o limitada (no por falta de amor, sino por las circunstancias) el niño puede desarrollar un apego inseguro, aprendiendo que el vínculo es incierto o frágil.
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Es importante subrayar que esto no convierte a los cuidadores en “malos padres”. La mayoría hizo lo mejor que pudo con los recursos que tenía. La herida no nace del acto en sí, sino del significado que el niño le atribuye. En psicología, entendemos que el trauma no depende únicamente del evento, sino de la experiencia subjetiva del mismo. Dos niños pueden vivir una situación similar y procesarla de formas muy distintas.
Ya en la adultez, estas interpretaciones tempranas suelen manifestarse en patrones relacionales: miedo a ser dejado, dificultad para confiar, hipervigilancia afectiva o necesidad constante de confirmación. Sin embargo, comprender el origen de estas heridas no busca señalar culpables, sino abrir un camino de autocompasión y responsabilidad emocional. No elegimos las interpretaciones que hicimos de niños, pero sí podemos revisarlas de adultos.
Muchas veces, sanar implica actualizar esas creencias con la mirada adulta, reconociendo que aquello que dolió no fue falta de amor, sino una falta de recursos emocionales y contextuales.
Entender que no todo dolor proviene de la mala intención nos permite suavizar la narrativa interna. Y desde ahí, transformar la herida no en una condena, sino en una oportunidad para vincularnos de manera más consciente, más justa con nuestra historia y más amable con nosotros mismos.
Estefanía López Paulín
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