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La inteligencia emocional en la vida cotidiana; comprendernos para vivir mejor

Por Estefanía López Paulín

Durante mucho tiempo se pensó que la inteligencia estaba asociada únicamente a la capacidad lógica o académica. Sin embargo, la psicología contemporánea ha demostrado que existe otra forma de inteligencia igual (o incluso más) determinante para nuestro bienestar: la inteligencia emocional. Esta no se mide en exámenes, pero se manifiesta cada día en la manera en que comprendemos nuestras emociones y nos relacionamos con los demás.

La inteligencia emocional, concepto popularizado por Daniel Goleman, se refiere a la capacidad de reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones, así como de identificar y responder adecuadamente a las emociones de otros. No se trata de “controlar” lo que sentimos ni de evitar emociones incómodas, sino de desarrollar conciencia y regulación.

En la vida cotidiana, esta habilidad marca una diferencia profunda. Pensemos en situaciones simples: una discusión en pareja, una crítica en el trabajo o un malentendido con un amigo. Sin inteligencia emocional, es fácil reaccionar impulsivamente, dejarnos llevar por el enojo o interpretar la situación desde la defensividad. Con inteligencia emocional, en cambio, podemos hacer una pausa, identificar lo que sentimos (frustración, miedo, tristeza) y elegir cómo responder.

Uno de los pilares de esta competencia es la autoconciencia emocional. Muchas veces experimentamos malestar sin detenernos a nombrarlo. Sin embargo, poner en palabras lo que sentimos activa procesos cognitivos que nos ayudan a organizar la experiencia interna. Decir “me siento inseguro” o “esto me genera ansiedad” ya es un primer paso hacia la regulación.

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Otro componente esencial es la empatía. En la vida cotidiana, comprender que las conductas de los demás están atravesadas por emociones e historias personales reduce la tendencia al juicio. La inteligencia emocional nos permite escuchar con mayor apertura, interpretar más allá de lo evidente y responder con mayor sensibilidad.

También incluye habilidades sociales: comunicar necesidades con claridad, establecer límites saludables y resolver conflictos de manera constructiva. Estas capacidades fortalecen los vínculos y previenen dinámicas dañinas. Sabemos que la calidad de nuestras relaciones es uno de los factores más influyentes en nuestra salud mental.

Desarrollar inteligencia emocional no significa ser siempre calmados o positivos. Significa permitirnos sentir sin quedar atrapados en la emoción. Implica reconocer que el enojo puede señalar un límite vulnerado, que la tristeza puede indicar una pérdida, que el miedo puede advertirnos de un riesgo. Las emociones no son enemigas; son información valiosa.

La inteligencia emocional en la vida cotidiana es una forma de autoconocimiento aplicado. Nos ayuda a responder en lugar de reaccionar, a comprender antes de juzgar y a construir vínculos más conscientes. No elimina los conflictos ni las dificultades, pero nos brinda herramientas para transitarlos con mayor equilibrio. Y en un mundo cada vez más acelerado, esa capacidad puede marcar la diferencia entre sobrevivir emocionalmente o vivir con mayor plenitud.

Estefanía López Paulín
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