Tras el arresto de El Mencho, Nemesio Oseguera Cervantes, México volvió a estremecerse. Las imágenes de bloqueos, incendios y balaceras circularon con velocidad feroz en redes sociales y noticieros. Junto con la información, también apareció algo más: una ola de juicio social hacia quienes, al día siguiente, “siguieron con su vida normal”. Se cuestionó a quienes abrieron sus negocios, a quienes salieron a trabajar, a quienes tomaron el transporte público como si nada hubiera pasado. Se habló de “normalización de la violencia”, de indiferencia, de insensibilidad. Pero poco se habló del miedo con el que salieron. Y menos aún, de la necesidad.
Reducir el acto de ir a trabajar a una muestra de apatía es simplificar una realidad profundamente compleja. Cuando una sociedad vive episodios recurrentes de violencia, desarrolla mecanismos de adaptación. No porque la violencia deje de doler, sino porque la mente necesita encontrar formas de seguir funcionando. La habituación no siempre es sinónimo de indiferencia; muchas veces es un mecanismo de supervivencia emocional. Si cada evento violento paralizara por completo nuestra conducta, la vida cotidiana sería inviable.
Además, existe un factor ineludible: la economía personal. Para millones de personas, perder uno o dos días de trabajo no es una pausa romántica ni un acto simbólico de protesta; es la diferencia entre pagar la renta o no hacerlo, entre comprar comida o endeudarse. Desde la psicología social sabemos que cuando las necesidades básicas están en juego, la toma de decisiones se organiza alrededor de la supervivencia inmediata. No es que el peligro se ignore; es que se pondera frente a otra amenaza igualmente real: la precariedad.
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Salir a la calle en estos contextos no es un acto despreocupado. Es, con frecuencia, un acto atravesado por la ansiedad. Se sale con el teléfono en la mano, revisando grupos de whatsApp, monitoreando rutas, evitando zonas conflictivas. Se sale con el cuerpo en alerta, con el pulso un poco más rápido, con la mente calculando riesgos. El miedo no desaparece; se integra al trayecto. Y esa integración constante del miedo también tiene un costo psicológico: desgaste, hipervigilancia, insomnio, irritabilidad.
Juzgar desde la comodidad relativa de la distancia puede brindar una sensación momentánea de superioridad moral, pero pocas veces aporta comprensión. La empatía, en cambio, exige reconocer que no todas las personas tienen el mismo margen de maniobra. Para algunos, quedarse en casa es una opción responsable; para otros, es un lujo imposible. Ambas decisiones pueden estar motivadas por el cuidado, solo que dirigidas a dimensiones distintas: la seguridad física o la estabilidad económica.
Hablar de “normalización de la violencia” es importante, sí. Nos obliga a cuestionar qué estamos aceptando como sociedad. Pero también necesitamos hablar de la normalización de la precariedad, de la fragilidad laboral que obliga a elegir entre el miedo y el ingreso diario. Mientras esa tensión exista, muchas personas seguirán saliendo a la calle no por inconsciencia, sino por necesidad.
Tal vez la reflexión no debería centrarse en quién salió y quién no, sino en por qué tantas personas no pueden darse el permiso de detenerse. Entre el miedo y la necesidad, la mayoría no elige con libertad; elige con lo que tiene. Y eso merece, al menos, un poco más de comprensión y un poco menos de juicio.
Estefanía López Paulín
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