Descansar se ha vuelto una tarea incómoda. Para muchas personas, detenerse ya no es sinónimo de alivio, sino de culpa. Incluso en los momentos de pausa, la mente sigue enumerando pendientes, evaluando si “merecemos” ese descanso o calculando cuánto tiempo podemos permitirnos no producir. Vivimos en una cultura que nos enseñó a asociar valor personal con rendimiento, y bajo esa lógica, descansar parece casi un acto de rebeldía.
La dificultad para descansar no siempre tiene que ver con la falta de tiempo, sino con una relación aprendida con la productividad. Desde temprana edad, se refuerza la idea de que estar ocupados es sinónimo de ser valiosos, responsables, exitosos. Así, el descanso queda relegado a un premio que solo se obtiene cuando todo está hecho. El problema es que ese “todo” nunca llega.
Esta culpa al descansar se entiende como un constructo social interiorizado. No nacemos creyendo que parar es malo; lo aprendemos. Y cuando lo aprendemos bien, el cuerpo puede estar exhausto, pero la mente sigue empujando. Este conflicto interno mantiene activado el sistema de estrés incluso en momentos que deberían ser reparadores.
Paradójicamente, descansar no es lo opuesto a producir, sino una condición necesaria para hacerlo de manera saludable. Numerosas investigaciones muestran que la falta de descanso afecta funciones cognitivas básicas como la atención, la memoria y la toma de decisiones. Además, el agotamiento sostenido incrementa el riesgo de ansiedad, depresión y burnout. No descansar no nos vuelve más eficientes; nos vuelve más frágiles.
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Reconstruir el descanso implica revisar las creencias que lo rodean. Descansar no es perder el tiempo, ni ser flojos, ni abandonar responsabilidades. Es atender una necesidad biológica y psicológica. El sistema nervioso necesita pausas para regularse, para salir del modo de alerta constante. Sin ellas, el cuerpo vive como si siempre hubiera una urgencia, aunque no la haya.
Uno de los mayores obstáculos para descansar es la culpa. Esa voz interna que dice “deberías estar haciendo algo más”. Desde una mirada psicológica, esa voz no es una verdad objetiva, sino la repetición de un mandato cultural. Aprender a descansar también es aprender a cuestionar esa narrativa, a preguntarnos a quién beneficia realmente que estemos siempre disponibles, siempre productivos, siempre cansados.
Descansar no es solo dormir. Es también permitirnos momentos sin objetivo, sin resultado, sin medición. Espacios donde no haya que rendir, mejorar ni optimizar nada. Estos momentos son fundamentales para la salud mental porque permiten la integración emocional, la creatividad y la recuperación del equilibrio interno.
Reconstruir el descanso es, en el fondo, reconstruir la relación con uno mismo. Es dejar de tratarnos como máquinas y empezar a reconocernos como seres humanos con límites. Invertir en descanso es invertir en bienestar, claridad mental y presencia. Porque una vida que no sabe detenerse termina olvidando cómo sentirse viva. Y aprender a parar, lejos de ser una pérdida, puede ser una de las decisiones más saludables que tomemos.
Estefanía López Paulín
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