Existe una creencia muy extendida que sugiere que no debemos contar nuestros planes a futuro porque, si lo hacemos, estos no se concretan. A menudo se interpreta como una superstición o una forma simbólica de “proteger” nuestros proyectos. Sin embargo, desde la psicología, esta idea tiene una explicación mucho más profunda y menos mística: compartir nuestras metas puede disminuir, sin que lo notemos, la motivación necesaria para llevarlas a cabo.
Cuando pensamos en un proyecto futuro (empezar un nuevo hábito, cambiar de rumbo profesional o trabajar en un objetivo personal) nuestro cerebro comienza a anticipar la recompensa. Imaginamos cómo nos sentiremos al lograrlo, la satisfacción, el reconocimiento y el cambio que traerá a nuestra identidad. Al hablar de ese plan con otras personas y recibir aprobación o entusiasmo, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y la motivación.
El problema surge cuando esa dopamina aparece demasiado pronto. Al verbalizar nuestros objetivos y recibir validación externa, experimentamos una sensación similar a la de haber alcanzado la meta. En términos psicológicos, se trata de una recompensa anticipada. El cerebro, al sentir que ya obtuvo parte del beneficio emocional, reduce la urgencia de actuar. Así, el impulso inicial se debilita y aparece una sensación de inmovilidad frente a un plan que antes nos entusiasmaba.
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Este fenómeno ayuda a explicar por qué muchas metas se quedan en la intención. No es falta de disciplina ni de capacidad, sino un desajuste en el sistema de motivación. La acción sostenida necesita una tensión interna: la distancia entre lo que somos ahora y lo que queremos llegar a ser. Cuando esa tensión se disuelve por la gratificación prematura, el compromiso con el proceso se vuelve más frágil.
Además, compartir planes puede añadir una carga emocional innecesaria. Las expectativas externas, los comentarios y las preguntas constantes pueden generar presión o ansiedad, especialmente cuando el proyecto aún está en una etapa inicial. En lugar de enfocarnos en el avance, comenzamos a preocuparnos por cómo seremos percibidos, lo que muchas veces termina frenando la acción.
Esto no significa que debamos guardar silencio absoluto ni aislarnos. Compartir avances, dificultades o pedir apoyo puede ser muy beneficioso cuando el proceso ya está en marcha. La diferencia está en hablar desde el hacer y no solo desde la intención.
Cuidar nuestros planes no siempre implica desconfianza, sino respeto por la energía que los sostiene. A veces, permitir que una meta crezca en silencio es la mejor forma de darle la fuerza necesaria para convertirse en realidad.
Estefanía López Paulín
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