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Tiempo de Hablar I Guadalcázar, el peligro oculto a simple vista

Le dicen “El Xholo”. Desde niño fue bravo, de carácter duro, bueno para los golpes, pero disciplinado para ir a la escuela. No era un caso perdido ni un muchacho sin rumbo. Al contrario, tenía un sueño claro, casi obsesivo, convertirse en policía. Se preparó, insistió, se formó. No fue fácil llegar, pero lo logró. Portó uniforme, se ganó una placa y creyó que el orden podía imponerse incluso en tierra complicada. El problema nunca fue él al inicio. El problema fue Guadalcázar.

Porque Guadalcázar no es un municipio cualquiera del Altiplano potosino. Es un territorio marcado, tentador, con una historia oscura que se hereda como maldición. Durante años, durante décadas, fue fortaleza y refugio de grandes capos del crimen organizado. Un lugar donde el poder real no siempre estuvo en manos del Estado y donde el silencio fue la moneda más valiosa para sobrevivir.

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En el sexenio de Juan Manuel Carreras, en pleno gobierno federal de Andrés Manuel López Obrador, se sabía, aunque nadie lo dijera oficialmente, que el legendario líder Z conocido como “El Alemán” organizaba reuniones de alto nivel criminal en su trinchera, ahí mismo, en Guadalcázar. No eran encuentros improvisados, helicópteros aterrizando, drones vigilando, inhibidores de señal bloqueando cualquier intento de comunicación. Todo perfectamente medido, todo milimétricamente marcado. Y aun así, nada pasaba. Nadie veía. Nadie escuchaba.

El Xholo creció viendo eso. Entendiendo cómo funcionaban realmente las cosas. Se hizo amigo del Viza y le gustó lo que venía con ese mundo, poder, control, respeto inmediato. Primero fue el “protector del pueblo”, el que resolvía problemas cuando nadie más aparecía. Después, casi sin transición, se convirtió en el jefe de los malos. Ser bueno dejó de ser atractivo cuando ser temido daba resultados más rápidos.

Pero el Xholo no es improvisado. Es inteligente. Lo suficiente como para entender que el crimen solo prospera cuando se mezcla con la autoridad. Así, agentes de la Guardia Nacional pasaron de ser vigilancia institucional a convertirse en aliados estratégicos. De esa manera, desde hace tiempo, el corredor Guadalcázar–Villa Hidalgo, en la carretera 57, quedó bajo una exploración delictiva permanente. Todo se movía con orden, con reglas internas, con control absoluto. Nada se salía del guion.

Mientras tanto, el municipio se hunde. Bajo el gobierno del alcalde Gumaro Verdín Puente, Guadalcázar alcanzó niveles insostenibles de inseguridad. Asaltos, extorsiones, retenes falsos, violencia normalizada. La autoridad municipal ausente, rebasada o cómoda. Un gobierno incapaz de garantizar lo mínimo, seguridad para su gente. Guadalcázar es tierra fértil para el crimen no solo por su historia, sino por el abandono institucional.

Aun así, todo estaba “bajo control”, hasta que cometieron el error que siempre rompe el equilibrio, se equivocaron de víctimas.

El domingo, en la madrugada, la historia dio un giro. La carretera 57, esa que durante años fue una pesadilla ignorada, se convirtió en reflector nacional. El silencio se rompió. Las miradas voltearon al Altiplano. Lo que durante años fue tolerado, minimizado y hasta protegido, quedó expuesto sin posibilidad de negarlo.

Hoy, mientras el Viza huye, se organiza un frente para defender al Xholo. Familias, conocidos, mensajes, presiones. El reflejo clásico de un pueblo atrapado, que defiende a quien alguna vez los protegió, aunque ya no distinga de qué lado está parado. La autoridad municipal sigue ausente. El daño ya está hecho.

Guadalcázar sigue ahí, aparentemente tranquilo, con su rutina intacta. Pero el peligro no se fue. Nunca se fue. Sigue oculto a simple vista, esperando que el ruido pase y que todo vuelva a la normalidad que tanto le ha servido al crimen.

Esta historia, inevitablemente, continuará.

Hasta la próxima con más tiempo.