En el desierto que rodea al municipio de Catorce, donde el paisaje se muestra quieto y el tiempo parece que avanza con otra lógica, crece una planta pequeña y discreta que concentra siglos de historia, espiritualidad y conflicto. El peyote, conocido científicamente como Lophophora williamsii, no destaca por su tamaño ni por su color, pero su valor cultural y simbólico lo convierte en uno de los elementos más importantes y vulnerables del Altiplano Potosino.
A diferencia de otros cactus, el peyote crece lentamente, casi en silencio. Puede tardar más de una década en alcanzar su madurez, lo que lo vuelve especialmente frágil ante la extracción indiscriminada. Su hábitat natural se extiende por zonas semidesérticas del norte de México, y uno de sus territorios históricos se encuentra en Catorce y sus alrededores, dentro del área conocida como Wirikuta, un espacio considerado sagrado por pueblos indígenas desde tiempos ancestrales.
Para el pueblo Wixárika, el peyote, al que llaman hikuri, no es una planta común ni un recurso natural más. Es un elemento central de su cosmovisión y una guía espiritual. Cada año, grupos de wixaritari recorren cientos de kilómetros desde la Sierra Madre Occidental hasta Wirikuta, siguiendo una peregrinación ritual que se ha mantenido viva durante generaciones. En ese recorrido, Catorce no es un punto turístico ni una escala casual, es parte de un territorio sagrado donde, según su tradición, nació el Sol y se originó el mundo.
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El consumo del peyote dentro de estos rituales no tiene fines recreativos. Se trata de ceremonias profundamente simbólicas que buscan equilibrio, salud espiritual y orientación colectiva. Por eso, para estas comunidades, el peyote no se toma, se respeta, se pide permiso a la tierra y se recolecta siguiendo prácticas tradicionales que permiten que la planta vuelva a crecer.
Fuera de ese contexto, la historia cambia. En los últimos años, el peyote ha enfrentado una presión constante por parte de recolectores ilegales, curiosos y turistas que desconocen o ignoran su significado y su fragilidad. La extracción sin técnica adecuada destruye la raíz y condena a la planta a desaparecer del sitio. En un ecosistema donde cada ejemplar tarda años en regenerarse, el daño es profundo y, en muchos casos, irreversible.
Por esta razón, el peyote está protegido por la legislación mexicana. Se encuentra catalogado como especie sujeta a protección especial, lo que prohíbe su extracción, posesión y comercialización fuera de los usos tradicionales de los pueblos indígenas reconocidos. El Código Penal Federal contempla sanciones para quienes trafiquen con esta planta, aunque en la práctica la vigilancia y la aplicación de la ley siguen siendo un reto.
La protección no sólo es ambiental, sino también cultural. Wirikuta y las rutas de peregrinación wixárika han sido reconocidas como paisaje cultural sagrado, lo que obliga a las autoridades a preservar no sólo la biodiversidad, sino también el significado espiritual del territorio. En este contexto, Catorce se convierte en un punto clave donde convergen la conservación, la identidad indígena y el debate sobre el uso responsable del entorno.
El problema es que el peyote no enfrenta una sola amenaza. A la extracción ilegal se suman la presión de actividades humanas, proyectos económicos mal planeados y la falta de información. Muchos de los daños no se producen por malicia, sino por desconocimiento. La imagen del peyote como planta mística o curiosidad exótica ha contribuido a su saqueo, sin considerar que su desaparición implica una pérdida cultural irreparable.
En Catorce, el peyote no es una postal ni un souvenir. Es parte viva del desierto y de una tradición que ha sobrevivido al tiempo, a la colonización y a la modernidad. Su defensa no es un capricho ni un asunto exclusivo de comunidades indígenas, sino una responsabilidad compartida que involucra a autoridades, visitantes y habitantes de la región.




