Supuestamente, el Altiplano potosino ya tiene quien piense por él en materia turística. La instalación, a mediados del pasado mes de enero, del Consejo Consultivo de Turismo de la región, encabezado desde el ámbito estatal por la secretaria de Turismo, Yolanda Josefina Cepeda Echavarría, y presidido por el alcalde de Catorce, Javier Sandoval Torres, fue presentada como un paso estratégico para articular esfuerzos y detonar el potencial de una zona históricamente relegada. El evento cumplió con todos los requisitos del protocolo, incluido el discurso optimista y promesas de coordinación regional.
El problema es que el Altiplano no necesita más actos formales, necesita resultados tangibles. La región posee una riqueza histórica, arquitectónica y natural incuestionable. Exhaciendas, zonas semidesérticas de enorme belleza, tradiciones religiosas, gastronomía propia y un patrimonio cultural que conecta con siglos de historia minera y agrícola, sin embargo, fuera de los círculos locales, el Altiplano sigue siendo un territorio poco identificado como destino turístico. Y es que conviene preguntarse; ¿Quién conoce realmente sus atractivos más allá de Real de Catorce? ¿Quién promociona de manera sistemática sus rutas, sus festividades, sus paisajes, sus productos regionales? La respuesta, hasta ahora, es desalentadora: nadie con una estrategia clara y sostenida.
Durante años, la narrativa dominante sobre el Altiplano no ha sido la de su potencial turístico, sino la de su incidencia delictiva. Esa percepción pesa, y pesa mucho. Los inversionistas lo saben, los operadores turísticos lo saben y los visitantes potenciales también. Sin una política seria de seguridad, de comunicación institucional y de reposicionamiento de imagen, cualquier esfuerzo de promoción termina siendo superficial. No basta con decir que el Altiplano es seguro; hay que demostrarlo con indicadores, presencia institucional y coordinación efectiva entre niveles de gobierno.
En ese escenario, la creación de un consejo consultivo puede ser una herramienta útil si existe una hoja de ruta. ¿Dónde está el plan maestro regional? ¿Cuáles son las metas que se fijaron? ¿Qué presupuesto se asignará? ¿Qué proyectos de infraestructura están calendarizados? ¿Cómo se integrará al sector privado y a las comunidades locales en la toma de decisiones? Sin respuestas concretas, el consejo corre el riesgo de convertirse en un espacio más de deliberación simbólica.
La designación de Javier Sandoval como presidente del consejo regional abre, además, un debate legítimo. Si en su propio municipio persisten problemas de ordenamiento, infraestructura, regulación del comercio informal y servicios públicos, resulta razonable cuestionar cómo podrá coordinar una estrategia para una región completa, con más de una decena de municipios y desafíos estructurales mucho más amplios. Presidir un consejo regional no es una simple distinción honorífica, es una responsabilidad técnica y política que exige capacidad de gestión y visión integral.
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El caso de Real de Catorce merece una reflexión aparte. El tradicional Pueblo Mágico ha sido durante años el emblema turístico del Altiplano, sin embargo, enfrenta señales de desgaste evidentes; infraestructura limitada, saturación en temporadas altas, ambulantaje desbordado y carencias en la profesionalización de prestadores de servicios. El nombramiento de Pueblo Mágico no es permanente ni automático, depende del cumplimiento de estándares. Perderlo sería un golpe duro y económico para la región, pero mantenerlo sin atender las deficiencias sería aún más grave.
Más allá del icono tradicional, el Altiplano necesita diversificar su oferta. No puede depender de un solo destino ni de una sola narrativa. Requiere circuitos integrados que conecten municipios, paquetes regionales que incentiven la pernocta y no sólo la visita exprés, promoción digital profesional, alianzas con operadores nacionales e internacionales y una estrategia de marca que lo identifique con claridad en el mapa turístico del país.
De cara al próximo periodo vacacional de Semana Santa, la coyuntura vuelve a ser propicia para anuncios y operativos temporales, pero lo que se requiere no es una reacción estacional, sino un proyecto estructural. Semana Santa podría ser el escaparate ideal para posicionar al Altiplano como un polo turístico sólido de San Luis Potosí y de México, siempre y cuando exista planeación, coordinación logística, promoción anticipada y evaluación posterior.
El turismo no es un accesorio decorativo en la agenda pública, es una herramienta de desarrollo económico. Genera empleo, impulsa cadenas productivas y fortalece la identidad regional, pero sólo funciona cuando hay estrategia, continuidad y profesionalismo. Los consejos pueden ser el punto de partida, nunca el destino final.
Hoy, el Altiplano tiene un consejo. Lo que aún no tiene, al menos no de manera visible, es una estrategia integral que lo saque del rezago promocional y lo coloque donde merece estar. Quienes conforman este pomposo órgano deben tener presente que las buenas intenciones, por sí solas, no llenan hoteles ni cambian percepciones. Para eso se necesita algo más que discursos; se necesita visión, ejecución y resultados.






