Durante más de una década, Carmen Guevara Morales ha dedicado su vida a una causa tan humana, noble y hermosa: rescatar, proteger y dar una segunda oportunidad a los perros abandonados de Matehuala. Es fundadora del refugio “Hachiko”, un espacio que nació del dolor, la indignación y el amor profundo por los animales, y que hoy alberga a más de 70 perritos que alguna vez fueron invisibles para la sociedad.
Su historia comenzó hace más de 12 años, a raíz de la única redada de perros de la que tiene memoria en el municipio. Aquel día conoció a Miriam Montañana, quien buscaba a un perrito cuando les avisaron que las autoridades habían levantado a decenas de animales de la calle. “Mi compañera y yo nos dimos a la tarea de ir a quitar a todos los perros que por parte de gobierno habían levantado. Recogimos a más de 70 y ahí empezamos a levantar la voz por los que no los tienen”, recuerda Carmen.
Esa experiencia marcó el inicio de un camino que no ha sido fácil. Confiesa que desde niña sintió amor por los animales, aunque nunca le permitieron tener uno. “De chiquita nunca me dejaron tener un perrito”, dice con una sonrisa que mezcla nostalgia y ternura. Quizá por eso, años después decidió convertirse en la voz de aquellos que nadie defendía.
Con el paso del tiempo, más personas se han sumado a la causa. “Gracias a Dios ya hay rescatistas, gente a la que se le mueve el corazón y procura a los perritos de la calle, pero la crueldad no se ha terminado. Hay personas inconscientes que los abandonan, los amarran, los dejan a su suerte”, lamenta.
Los casos que ha visto son innumerables y dolorosos. Tan solo la semana pasada atendió varios reportes; en uno de ellos intentó rescatar a una perrita en condiciones deplorables con apoyo de Protección Civil, pero al regresar al día siguiente el animal ya no estaba. Días antes había rescatado a una pitbull completamente deshidratada y mal alimentada.
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Carmen no solo rescata, también busca generar conciencia. “Yo me acerco a hablar con la gente, a hacerles ver que están cayendo en un delito. El maltrato animal es un delito y si como sociedad no denunciamos, las autoridades harán caso omiso. Siempre recalco que debemos unirnos”.
El refugio, sin embargo, enfrenta grandes limitaciones. El terreno donde se encuentran los perros es prestado y la capacidad está rebasada. “Desgraciadamente creen que podemos atender todos los casos que nos mandan y es casi imposible. Contamos con más de 70 perros y ya está saturado”, explica. A esto se suman los gastos veterinarios que casi siempre los mantienen en números rojos. “Ellos me ayudan mucho, pero sin el apoyo de la gente esta labor sería imposible, cada peso que nos dan va destinado a los perritos”.
Entre las razas que más llegan al refugio están los huskys y los pitbulls, víctimas de modas pasajeras y de dueños que no dimensionan la responsabilidad que implica tenerlos. Por ello, el proceso de adopción es estricto. “Pedimos conciencia: que tengan espacio, que les den tiempo para caminar, recreación y, sobre todo, mucho amor”.
Su mensaje final es un llamado directo al corazón de la comunidad: “Adopten, esterilicen, ayuden a cuanto perrito viva. La idea es evitar que los animales de la calle se sigan reproduciendo”.
Carmen Guevara no se asume como heroína, pero su trabajo diario demuestra lo contrario. Entre ladridos, deudas veterinarias y jornadas interminables, ha construido un refugio que es mucho más que un lugar físico, es un acto permanente de resistencia contra la indiferencia y una lección de humanidad para Matehuala.


