“Eternidad” se presenta como una película que no busca respuestas fáciles ni emociones inmediatas. Desde su planteamiento inicial deja claro que su intención es otra, incomodar suavemente al espectador, obligarlo a mirar hacia adentro y confrontarlo con preguntas que rara vez tienen una sola respuesta. En el más allá, las almas cuentan con una semana para decidir dónde pasar la eternidad. No hay juicios ni castigos divinos, solo una elección definitiva. Bajo esa lógica, Joan enfrenta un dilema profundamente humano, elegir entre el hombre con quien construyó una vida completa o su primer amor, aquel que murió joven y que la ha esperado durante décadas.
La historia avanza más como una reflexión que como un relato tradicional. “Eternidad” no se interesa tanto por el “qué pasará” como por el “qué significa”. A través de recuerdos, silencios y diálogos contenidos, la película explora temas como la memoria, el peso de las decisiones, el amor que se transforma con los años y aquel que permanece intacto porque nunca tuvo tiempo de desgastarse. Es ahí donde la cinta encuentra su núcleo emocional, aunque no siempre logra explotarlo con la fuerza necesaria.
La narrativa introspectiva es coherente con el tema, pero también se convierte en un arma de doble filo. El ritmo pausado, casi estático en algunos tramos, refuerza la sensación de espera y de tránsito, pero también pone a prueba la paciencia del espectador. Hay momentos en los que la historia parece girar sobre sí misma, reiterando ideas que ya han sido planteadas con claridad, lo que provoca que el relato pierda tensión y se diluya conforme avanza, especialmente en su segunda mitad.
En el apartado visual, la película es notable. La fotografía y la atmósfera sostienen gran parte del peso emocional de la película. Los encuadres son cuidados, simbólicos, y transmiten una sensación constante de melancolía y despedida. La luz, los espacios y el manejo del silencio construyen un entorno que acompaña el estado emocional de Joan, convirtiendo lo visual en un lenguaje narrativo propio. Sin embargo, esa solidez estética no siempre se ve acompañada por un desarrollo profundo de los personajes secundarios, que en varios casos funcionan más como ideas que como personas plenamente construidas.
Consulta nuestra edición impresa: https://cutt.ly/HtfAb7G0
Las actuaciones son correctas y, en los momentos más íntimos, logran transmitir la carga emocional que el guion sugiere. Joan, como eje de la historia, sostiene la película con una interpretación contenida y vulnerable. No obstante, el guion parece quedarse corto al momento de llevar esas emociones al límite. Varias escenas clave prometen un impacto mayor, pero se resuelven de manera tibia, como si la película tuviera miedo de romper su propio tono contemplativo.
La ambición temática es innegable. Hablar del amor más allá de la muerte, de las decisiones que nos definen incluso después de la vida, es un riesgo que la película asume con sensibilidad. El problema es que, en su afán de ser profunda, cae en repeticiones que restan fuerza a su mensaje central. Lo que pudo ser una reflexión contundente termina, por momentos, diluyéndose en su propia solemnidad.
“Eternidad” es, en esencia, una película que invita al silencio y a la introspección. No busca entretener en el sentido convencional, sino provocar una experiencia emocional y reflexiva. Es ideal para un público que disfruta del cine contemplativo, de los tiempos largos y de las historias que se sienten más que se explican. Para quienes buscan una narrativa ágil, giros constantes o emociones directas, la película puede resultar pesada y distante.
Al final, no se trata solo de la decisión de Joan, sino de la del propio espectador. Elegir conectar con su ritmo y su propuesta, o abandonarla en el camino. Como la vida misma, la película recuerda que no todas las decisiones son claras, y que algunas preguntas están hechas no para resolverse, sino para acompañarnos incluso más allá del final.






