Guillermo del Toro ha vuelto a su territorio natural, ese universo de sombras elegantes, atmósferas densas y belleza inquietante donde lo monstruoso se convierte en un espejo de la humanidad. Con “Frankenstein”, el director mexicano entrega una pieza que confirma, una vez más, su capacidad para reinterpretar los clásicos desde una mirada profundamente emocional, casi ritual. Lo suyo no es el horror fácil, sino la tragedia gótica, esa que se siente más en el estómago que en los sobresaltos; una historia que se arrastra en silencio por los rincones del alma y se queda ahí, latente, incluso después de que termina la película.
Lo primero que sorprende es la apuesta de Del Toro por una lectura íntima del relato. En lugar de centrar la atención en la figura del científico o en las implicaciones filosóficas de crear vida, la película se vuelca en el dolor, la soledad y la identidad rota de la criatura. Este Frankenstein no es un monstruo en el sentido tradicional, sino una víctima, un ser construido con pedazos de otros que nunca llegan a encajar del todo, condenado a existir sin un lugar propio en un mundo que lo mira con pavor. Del Toro convierte a la criatura en un símbolo de abandono, de búsqueda desesperada de pertenencia, de rabia contenida que tarde o temprano estalla.
En este punto, la interpretación de Jacob Elordi resulta central. Su trabajo es tan físico como emocional, tan brutal como frágil. El monstruo que encarna no solo impone por su presencia, sino que conmueve por su vulnerabilidad. Hay en él un profundo anhelo de afecto, una necesidad casi infantil de entender por qué fue traído al mundo solo para ser rechazado. Muchos críticos ya consideran a este personaje como una de las creaciones más memorables de la filmografía de Del Toro, un punto de encuentro perfecto entre maquillaje, actuación y dirección.
A nivel técnico, la película es una muestra más del obsesivo cuidado artesanal del director. El maquillaje, la utilería, los efectos prácticos y la composición de cada encuadre parecen hechos a mano, con la paciencia de un artista que moldea la oscuridad como si fuera arcilla. La fotografía, bañada en tonos fríos y contrastes violentos, contribuye a esa sensación de estar viendo un sueño lúgubre, un cuento pesadillesco surgido de un libro antiguo cuyas páginas huelen a tierra húmeda. Del Toro no solo dirige: cincela. Cada plano tiene intención, cada objeto cuenta una historia, cada sombra significa.
El núcleo de la historia permanece intacto. Víctor Frankenstein sigue siendo ese científico brillante, arrogante y desconectado emocionalmente que cree dominar la vida sin entender su responsabilidad. Su criatura, nacida de restos humanos y un acto de soberbia, emprende un camino que mezcla inocencia y violencia, amor y destrucción. La tragedia que ambos desatan es una danza entre creador y creación que termina por consumirlos, como si estuvieran atados por un hilo invisible que los condena a la misma ruina. Del Toro aprovecha esto para subrayar algo que ha explorado en su obra desde siempre: los monstruos no nacen, se hacen; y a veces los más temibles no son los que tienen cicatrices visibles.
En esta versión, el director mexicano se permite profundizar en la dimensión emocional del relato: el abandono, la búsqueda de identidad, la necesidad de ser visto y amado. Hay escenas que no asustan, pero desgarran. Momentos donde la criatura mira al vacío con una tristeza tan humana que resulta imposible no empatizar. Ahí es donde Del Toro demuestra que el terror verdadero no está en la apariencia, sino en la herida que nunca cierra.
“Frankenstein” es, al final, un poema visual oscuro, una carta de amor al horror clásico y una meditación sobre la fragilidad humana. No es una cinta para quienes buscan ritmo acelerado o espectacularidad vacía, sino para quienes entienden que, en el cine de Del Toro, la belleza siempre esconde algo roto y que lo roto también puede ser hermoso. Es una película que no se olvida. Una reinterpretación que provoca, que incomoda, que invita a mirar a la criatura como un reflejo de nuestros propios miedos. Y eso, en tiempos donde el cine rara vez se arriesga a sentir, ya es un triunfo monumental.





